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Son matones no diputados

"La realidad supera a la ficción" que decía uno.

La semana pasada, en el Congreso de los Diputados, tuvimos que sufrir el bochorno político que nos hacen pasar los parlamentarios semana sí, semana también. En esta ocasión no fue en la sesión de control al Gobierno, dónde los insultos, los gestos abruptos y los comentarios salidos de tono se están convirtiendo en la tónica habitual. 

Los insultos y  los comentarios peyorativos marcaron el debate de los Presupuestos Generales del Estado. En el hemiciclo -en este punto quiero recordar que el Parlamento representa la soberanía popular, es decir, es el reflejo de lo que la sociedad ha votado- se insultó a la Ministra de Hacienda con un calificativo, que por otra parte, no fue nada original -puestos a soltarlos, no estaría de más que se curraran las vejaciones-. 

A la Ministra se la llamó “Gilipollas”, al escucharlo, Montero solicitó a Iván Espinosa de los Monteros que le gustaría que «cuando termine la sesión, le amonestara al diputado -ese señor será muchas cosas pero diputado no- por el insulto que acaba de pronunciar desde el escaño». El insulto es grave, pero es más dramático que la portavoz adjunta del grupo parlamentario ultraderechista, Macarena Olona, se riera mientras la ministra les pedía una reprimenda. Comportamiento que por otra parte tampoco sorprende, no se les puede pedir demasiado. Recuerden, son ultraderechistas.

Esta actitud se alargó durante todo el debate, Joan Baldoví, de Compromís, tuvo que aguantar la amenaza típica de los macarras de tu barrio cuando les dejas en ridiculo solo con palabras educadas: “Eso no te atreves a decirmelo en la calle”, amenazó Juan Luis Steegman, del equipo de Abascal. Baldoví decidió entrar al juego y le respondió: “donde quieras y cuando quieras”. 

A la mierda

Labordeta

¿Dónde creen ustedes que están?, son ustedes representantes de la ciudadanía, no están en la barra de un bar, si no se saben comportar, cruzan la calle, se van a un garito y solucionan sus problemas de virilidad como ustedes consideren. Ni siquiera en las simulaciones parlamentarias universitarias se ponen en práctica este tipo de actitudes más propias de matones de patio de colegio que de representantes de la ciudadanía.

Pero, vayamos un poco más allá, intentemos mirar un poco más lejos. VOX lleva meses tejiendo una estrategia que en su día ya puso en práctica Donald Trump. Tienen un objetivo: deslegitimar las instituciones, su estrategia pasa por reventar los debates, construir relatos simples a temas complicados y la cuestión más relevante: que no se hable de lo que verdaderamente es importante.

En un contexto como en el que vivimos; con una crisis económica importante y una situación social dramática, el Parlamento está debatiendo unos presupuestos, que pese a las discrepancias ideológicas, lo que está claro es que son fundamentales para hacer frente al escenario actual, no vale prorrogar los de 2020, la situación no es ni de lejos la misma que hace 12 meses. Sin embargo, la derecha, además de invocar a ETA -como no-. Adem´´as, se dedican a chillar y patalear como niños de 4 años porque no tiene el poder. Actitud que vuelve a demostrar cómo tienen interiorizado que el poder les pertenece y que si no lo tienen, el gobierno pertinente será ilegítimo. Esta actitud nos permite responder a diversas cuestiones que son importantes señalar:

Primera cuestión: la extrema derecha es ajena a la deliberación, no creen en ella, no les gusta debatir, se sienten incómodos, su fórmula favorita es la imposición y si no lo consiguen se dedican a hacer estallar el debate, con esta estrategia lo que pretenden lograr, de manera indirecta, es plantear una enmienda a la totalidad a la democracia, poner en tela de juicio la legitimidad del parlamento para expresar ideas, para confrontarlas, porque, no debemos olvidar, que esa través del debate es cómo se logra llegar a las mejores ideas. Su hoja de ruta pasa por reventar la soberanía popular, para ellos el voto no cuenta con ninguna legitimidad.

Segunda cuestión: ¿Por qué no creen en el debate? Es una cuestión cultural, pobrecitos. En su imaginario colectivo está la idea de que el debate, la deliberación y la negociación denotan debilidad, creen que una cuestión femenina y a ellos les encanta exhibirse y demostrar que son machos de pura raza -aria no, española-

Tercera cuestión: seguir ganando votos, no creen en ellos pero son conscientes de que los necesitan para seguir vendiendo la moto. 

Quieren erigirse, desde 2020, como los salvadores de la patria pero al mismo tiempo usan fórmulas que ellos mismos, hace unos años, calificaban de antisistema. Durante el debate, Espinosa de los Monteros invocó la palabra “casta”. Los señoritos de toda la vida, los que han crecido -y siguen viviendo- con servicio, los que solo saben lo que es una cacerola porque las aporreaban para exigir «libertad» en lo más duro de la pandemia. Los que llevan viviendo de un sueldo público toda su vida -llamémosle Santiago Abascal- nos vienen a decir lo que es y lo que no es la casta.  

“Con la ultraderecha no se competir, a la ultraderecha se la combate”

María Jesús Montero. Ministra de Hacienda

Es cierto que estas actitudes no son nuevas. La interrupción, el insulto, los desafíos de matón, no los ha inventado VOX, pero si reseñable, que suelen llegar siempre desde la misma bancada del Congreso de los Diputados. 

En el año 2005 Rafael Hernando, antiguo portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados le soltó el mimo comentario que tuvo que escuchar Baldoví el miércoles a Alfredo Pérez Rubalcaba. El exministro no se cortó un pelo y se encararon, el altercado no llegó a más porque los allí presentes intervinieron para separarlos.

También sufrió la intolerancia de la derecha José Antonio Labordeta, durante una intervención desde el atril del hemiciclo cuando se dirigía, por aquel entonces, al Ministro Álvarez Cascos tuvo que escuchar burlas e interrupciones constantes. “Labordeta, vete con la mochila”, “¿Qué dices cantautor de las narices?”, en ese momento decidió hacer un paréntesis en su intervención giró su tronco 30 grados hacia la derecha y dedico a esa bancada una reflexión que hoy está muy en orden: “Ustedes están habituados a hablar aquí cuando les apetece porque han estado toda la vida controlando el poder y lo que les fastidia es que ahora hablemos los que hemos estado torturados y perseguidos por la dictadura, eso es lo que les jode a ustedes”. Labordeta acababa su turno con el mítico “y a la mierda”. una expresión de indignación ante unos diputados neofranquistas que no le permitían expresar sus ideas en la sede más sagrada de la democracia, el parlamento.

Ese “A la mierda” de Labordeta tuvo su versión 2.0 el otro día en el Congreso, Joan Baldoví tuvo que alegar a la Presidenta de la Cámara, Meritxell Batet, falta de concentración para seguir con su discurso por las constantes interrupciones que estaba sufriendo su intervención. Una estrategia que últimamente no se lleva a cabo sólo en el Congreso: lo presenciamos en tertulias, en programas de televisión e incluso en conversaciones de bar, donde se interrumpe al interlocutor con el único fin de que el oponente político no logre transmitir una idea.  

Esta forma de hacer política, parece que ha llegado para quedarse cuando el principal partido de la oposición oxigena sus gobiernos autonómicos y municipales de la mano de los hijos del fascismo español y es que como dijo la Ministra Montero “con la ultraderecha no se puede competir, a la ultraderecha se la combate” y Pablo Casado, Ayuso y demás amiguitos del Partido Popular llevan demasiado tiempo jugando en el patio con los abusones y dando de hostias al más débil de la clase; a la democracia.

Un periodista deja de serlo cuando ofrece como información lo puramente subjetivo.

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