‘El delito de existir’: una mirada a la triste realidad

El derecho a existir, una mirada a la triste realidad

Francisco Gámiz

Algunas historias te desgarran el alma. Otras, simplemente cogen tu corazón y lo rompen en mil pedazos. Pero El delito de existir, sin proponérselo, hace ambas. Menos de quince minutos son suficientes para contar toda una vida. Y, a veces, de esa vida podemos aprender mucho más que de la nuestra.

El delito de existir (2021) es el cortometraje rodado y dirigido por los periodistas Olmo Calvo y Fabiola Barrando con el apoyo de ONG Rescate. Estrenado el 27 de mayo en Sala Mirador (Madrid), y presentado en diversos teatros del país desde entonces, recoge los testimonios más duros de refugiados LGBT que tuvieron que huir de su país de origen para poder ser libres.

Los protagonistas del documental son Felicidad, Alex, Taira y Henrik, cuatro supervivientes de la discriminación que el colectivo LGBT sufre en todos los lugares del mundo. Lo que hace incluso más impresionantes sus historias es que todas ellas tienen algo en común: el terror de las fronteras. O se quedan en su país y mueren, o escapan de allí en busca de un futuro mejor —aunque eso suponga morir en el intento—. Bajo esa premisa nace este devastador cortometraje que tan solo es un reflejo de lo que está sucediendo fuera, a nuestro alrededor.

Y es que, desprendiéndose de cualquier tipo de edulcoración, El delito de existir decide ser tan doloroso y angustioso como lo han sido las vidas que nos narra. A diferencia de otros cortometrajes del estilo, este nos describe con exactitud los acontecimientos, renunciando a endulzar la situación. Una de las escenas más desoladoras llega cuando Felicidad muestra a cámara las cicatrices que quedan por su cuerpo después de que ocho personas la torturaran. En un coloquio organizado por ONG Rescate, Barrando confesó que fue la propia Felicidad la que propuso enseñarlas durante la grabación. “Si no te permito mostrar unas cicatrices que estás sufriendo, te estoy revictimizando con la excusa de no victimizarte”, alegó.

Lo cierto es que los números no engañan —en su lugar, aterrorizan—: casi setenta países criminalizan a las personas LGBT, seis les imponen la pena de muerte, trece persiguen a las personas trans y más de cuarenta estados restringen la libertad a las personas que pertenecen a este colectivo. Considerando que España es uno de los países más avanzados en este aspecto y hace unos meses asesinaron al joven Samuel al grito de “maricón”, ¿qué ocurrirá donde no haya derechos que amparen a las personas LGBT?

El cortometraje, aclamado desde su estreno, se ha hecho con el Premio Desalambre a Mejor Campaña de una ONG, maravillando por su magnífica labor activista. Sin embargo, el verdadero premio radica en la enorme cantidad de personas a las que está concienciando en lo que respecta a homofobia, migración y derechos humanos. ¿Estamos haciendo lo suficiente por salvar estas vidas, o es más fácil pensar que España es un país “LGBT-friendly” cuando la realidad es que falta mucho por hacer? Hasta refugiados de ONG Rescate han confesado que es más cómodo para ellos relacionarse con otros refugiados. Entonces, ¿somos un país tan abierto? Es evidente que no estamos haciendo las cosas bien cuando quienes vienen a España buscando integración social se ven con la necesidad de juntarse con gente que ha venido buscando lo mismo.

A través de la cultura hay una oportunidad increíble de seguir cambiando las cosas, de dar pequeños avances que terminen en grandes cambios. Olmo Calvo y Fabiola Barrando han sabido captar esto a la perfección. Apostando por una historia real bastante diferenciada de los aclamados cortos animados que han abundado en Internet estos últimos años —como In a Heartbeat (2017) o Drawn to You (2019)—, El delito de existir es una creación preciosa que, pese a la crueldad de lo que cuenta, resalta la voz de a quienes intentan quitársela.

En un momento en que numerosos partidos políticos nos intentan hacer creer que ya no hay nada por lo que luchar, todavía quedan relatos que nos recuerdan la realidad. La triste realidad. Y menos mal.

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