Al Qaeda o qué hacer para ser un buen político emérito

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Sí, sé que el título es sugerente y provocador, aunque aviso que no voy a hablar ni de terrorismo yihadista ni de exjefes de Estado fugados. Me gustaría reflexionar sobre los eméritos (porque apenas hay eméritas) de la clase política española. Y quiero basarme en la primera acepción del término según la RAE: Dicho de una persona, especialmente de un profesor: Que se ha jubilado y mantiene sus honores y alguna de sus funciones. 

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Hace 10 meses que Pablo Iglesias Turrión dejó de ser depositario de la representación popular y de todos sus cargos orgánicos de la formación política en la que la fue prácticamente todo, incluida la foto de su cara en las papeletas de las elecciones europeas de 2014. En los últimos tiempos, todo lo relacionado con “lo emérito” tiene unas connotaciones negativas, entendido como aquella presencia que, en el pasado pudo tener importancia, pero que ahora resulta incómoda incluso para sus propios partidarios. Sin embargo, en ocasiones suele haber excepciones. 

El mejor político emérito que tenemos se llama Mariano Rajoy Brey. El expresidente del gobierno se ha convertido en uno de los más discretos de su especie (parecido a Zapatero), muy lejos de los dos grandes eméritos de este país: Felipe González y José María Aznar. Estos dos aparecen a menudo en charlas organizadas por escuelas de negocios y universidades privadas, en las que se dedican principalmente a defender su legado político, justificando sus decisiones más complejas, y a enmendar la plana a los que ahora interpretan el papel que ellos mismos desempeñaron no hace tanto. El ego y la soberbia que habitualmente rezuma de sus intervenciones no aporta más que ruido, clickbaits y pequeños incendios en las secretarías de comunicación de sus respectivos partidos.  

En la esquina opuesta, tenemos a Mariano, que abandona sus quehaceres diarios excepcionalmente para apoyar de forma leal a su partido, le guste o no el rumbo que su formación esté tomando. Ni siquiera se le ha visto durante los idus de marzo de Casado (lo que puede ser un mensaje implícito por sí mismo). Puede que se comporte así por su manera de ser, pero creo que también lo hace porque entiende que es su deber como referente de la corriente más centrada de los populares, y sabe que su voz es muy influyente no sólo para los votantes, también para muchos cuadros intermedios y cargos del partido.  

Pablo Iglesias va camino de convertirse en un Felipe González ultra-acelerado y multiplataforma. Es cierto que él (junto a Irene Montero) han sido probablemente los dos políticos más acosados de la historia democrática de este país, algo intolerable y totalmente injustificable. Sin embargo, me da la sensación de que, desde que abandonó la política activa, se ha ido construyendo un personaje público basado en el victimismo y la sensación de agravio (mis más sinceras disculpas, Wendy Brown) por parte de una caverna mediática como la única responsable de su caída, criticando duramente a aquellas corporaciones televisivas que permitieron su ascenso a la agenda pública (más concretamente, Atresmedia). 

Ahora Pablo ha vuelto a sus orígenes mediáticos con un nuevo podcast que dirige y presenta llamado “La Base” (en árabe, Al Qaeda), en el que da su opinión sobre casi cualquier tema y donde demuestra que él no se ha marchado del todo.  Sus análisis me producen cierta pereza (algunos todavía seguimos esperando la autocrítica de los resultados de 2019), y sigue marcando la posición de una gran parte del partido. Lo hemos visto esta semana con el debate sobre el envío de armas al pueblo ucraniano por parte de España. Iglesias está colaborando en crear, de nuevo, una división interna entre pablistas y yolandistas. La historia se repite: o la estrategia de espectro amplio del primer Podemos (defendida por Errejón, liderada esta vez por Díaz) o la estrategia izquierdista pro-Izquierda Unida (sustentada por Echenique y Monedero).

Iglesias pensaba que Díaz seguiría el camino marcado tras su marcha, pero ella ha sabido aprovechar su creciente popularidad y sus éxitos en la gestión de la reforma laboral para construirse un perfil propio lejos de un aparato de partido debilitado y en descomposición. Apoyar la nueva estrategia de la vicepresidenta implica aceptar una enmienda a la totalidad del rumbo que había fijado en su última etapa como líder. La autocrítica es algo que su ego no le permite, como le impide también dejar que los nuevos liderazgos orgánicos de su partido tengan voz propia y dejen de estar bajo su sombra.

Ione Belarra tiene un reto mayúsculo, que es nada menos que evitar que el barco se hunda del todo. Las injerencias constantes del emérito Iglesias son demasiado explícitas, y tienden a un cierto paternalismo machirulo fuera de lugar e inoperante, y que sigue alejando al voto progresista de las mujeres. Quizás Pablo no soporta la idea de un Podemos sin él, pero, en todo caso, no le hace ningún favor a su formación que decidiera convertirse en tertuliano profesional de nuevo. Belarra y Díaz son como S.M. Felipe VI, intentando evitar que se les relacione con su antecesor, y harían bien en dejarle claro que él ya ni pincha ni corta.

La nueva política también debería notarse en esto, no vale irse a medias. Ni tutelas ni tutías, como diría Fraga.  Ahora que vamos a sumar un político emérito más al listado, veremos si Casado hace un podcast patrocinado por El Confidencial para desahogarse.

En todo caso, siempre nos quedarán las macrogranjas.

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