El teatro filosófico de Juan Mayorga

El Golem – Teatro María Guerrero, de martes a domingo a las 8 de la tarde, hasta el 17 de abril.

Golem

Miguel Ángel Morenas

Hay un tipo de luz pálida característica de ciertos lugares. Un hospital, un instituto, una oficina del gobierno, alguna clase de universidad… Hay una luz que conforma la atmósfera de esos lugares y que, quizá, configura lo que son. No sé si conocen esa luz, pero creo que es la mejor figura para definir a la última obra estrenada del dramaturgo Juan Mayorga, Golem, de martes a domingo en el Centro Dramático Nacional hasta el 17 de abril.

Se podría pensar que esta sensación pálida es una característica negativa: no lo creemos. A veces, en la apatía, en la palidez, hay secretos que la alegría oculta. Pero, ante todo, juzgarla así implicaría juzgar a la obra por su tema, como si el nihilismo de Fin de Partida fuera responsabilidad de la obra o de Samuel Beckett.

Golem
Ensayos de ‘El Golem’

No les mentiremos, no es una obra sencilla. Ni siquiera con algún momento agradable, de no ser, a nuestro juicio, por la central historia de amor entre Ismael y Felicia. Pero disculpando a los espectadores que se fueron antes de que terminara (pocos, hay que decir, aunque presentes), y a los que terminaron la obra con una sensación de banalidad, de recolección de lugares comunes desfasados o de falta de sentido, creemos que hay espacio para una sensación de profundo estremecimiento, que, al menos en nuestro caso, iba avanzando conforme iba avanzando la obra.

La historia se promociona como una historia de un mundo con una sanidad pública privatizada y en la que las palabras tienen más importancia de la que aparentan. Y sí, todo eso está: una joven tiene que pagar un tratamiento para su enamorado enfermo. Para ello, en un extraño hospital que no parece un hospital, una traductora funcionaria del hospital le propone un pacto: ellos le curaran, gracias a una médico extranjera llamada Lois, pero para ello ella tendrá que trabajar entendiendo y pronunciando unas palabras, originalmente escritas en un idioma extraño. ¿Palabras?, se sorprendió ella. Sí, palabras, palabras que tendrán un papel fundamental en la transformación de Felicia y que, a diferencia de las historias oscuras de máquinas y magias que contaban por ahí, en sí mismas cambiaran totalmente su vida, su letra e, incluso, su rostro.

Como bien decía la publicidad, no eran solo palabras. Comprender. Comprender transforma y constituye. ¿Tanto para convertirnos en otro? En parte no. No creo que hacer nuestras las palabras de otro nos haga convertirnos en el otro que un día las dijo por primera vez. Pero sí, en parte nos conectan y, sobre todo, implican lugares que se escapan del mero sonido, o del significado solipsista. Y en ese camino, nuestro rostro cambia, nuestra voz se quiebra, nuestros gestos se transforman.

Mayorga, filósofo y matemático además de dramaturgo, probablemente conozca bien esa sensación. Al menos, los que como él hemos dedicado muchos años en intentar hacer nuestras, comprender y pronunciar palabras de lenguajes extraños, de libros de otros tiempos y de enfermos muertos, hemos sentido como nuestra voz ha cambiado, nuestra letra, nuestro rostro, y llegando a palabras que estaban implicadas, como en una función matemática, como en una cartografía, en las palabras dadas…

Pero no es un simple cambio el que describe: es el nacimiento de un Golem, un antiguo Golem, como el que defendía a los judíos cuando los opresores intentaban aniquilarles una y otra vez. El Golem, muñeco de barro activado por palabras, es la figura del héroe revolucionario que terminará con las injusticias de nuestra sociedad tardocapitalista, y debía ahora salvar al pueblo, arengarle, ante la aniquilación que se estaba produciendo en la sociedad. ¿Cómo y de qué manera convertir a una persona en un Golem? ¿Quiénes han de volver a activar al antiguo Golem para defender al pueblo?

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Magistralmente, Mayorga da varias claves en la estructura de la obra para su conversión: la traductora, como guardiana de los textos, y la coerción terrible aceptada por amor. Existe un fenómeno curioso en la academia filosófica española: está copada por traductores. Los dueños de las lenguas, tanto literalmente como metafóricamente, guardan los textos incomprensibles para entrenar a los discípulos a que los entiendan, a que hablen por ellos, a que hablen terriblemente en ellos y desde ellos. Y la disciplina, a veces vocacional pero incluida la vocación en un mundo que fuerza al estudiante a entrar en un mundo académico desde la más tierna infancia por motivos económicos y laborales, escribe con sangre en su piel las tareas que han de tomar para vivir, e incluso, salvar a aquellos que viven con ellos.

En un capitalismo que ha expropiado hasta el aire que respiramos, la disciplina nos lleva por caminos oscuros. Y la inclusión, arcaica, extraña, de los humanistas en los sistemas disciplinarios, muchas veces como traductores de esa ciencia extranjera representada por Lois, también usa estas dinámicas disciplinarias para construir, con los recursos residuales que les permite el sistema, el Golem inserto en los textos muertos que guardan con la mínima fuerza en sus manos. Y a pesar del aliento liberador que proponen, Mayorga muestra brillantemente la verdad oculta de la academia pretendidamente comprometida: ¡deforma! ¡Su tarea es la de construir un ser despellejado, un ser deforme, que es incapaz de ser reconocido por el amado, que es incapaz de volver a reconocerse a si mismo en su patria, en su heimat, amaestrado para decir las palabras requeridas para la revolución anhelada! Quizá hayamos salvado al amado de la extraña enfermedad que le atenazaba, quizá hayamos salvado a la sociedad, enferma y mentalmente desequilibrada, de lo que nos ataba, mientras a los enfermos se les expulsaba de los hospitales, pero al precio de nuestro rostro, de nuestra alma, de nuestros amigos, de nuestro amor…

La obra termina con tres figuras: el monólogo sobre sí misma de Felicia, la adoración del cuerpo herido de la traductora sobre el cuerpo deformado de la protagonista, enamorada la hacedora de monstruos del Golem eternamente repetido, y el discurso revolucionario. Y solo tenemos que decir una última cosa: no es el discurso el que elevará a las masas, no. Podría haber sido un discurso, un cañón, una poesía… La revolución se dará, y la disciplina deberá llevarla a buen puerto, a no ser que queramos otro 15M muerto antes de nacer. La clave es: ¿para esta liberación necesitamos semejante deformación de aquellos que den la fuerza al movimiento? ¿Es verdaderamente esta monstruosidad en la que hemos convertido la batalla para construir la vanguardia de la revolución lo que alzará el puño de la revolución? ¿Es el monstruo de Felicia algo que ya estaba dentro de ella, solo esperando a ser despertado por el buen maestro? No lo sabemos. Y Mayorga creemos que tampoco. La apertura final no es una canción revolucionaria, es una duda, una duda brillante, pero duda. La duda sobre un sistema disciplinario en el que construimos el camino de la revolución, pero que tiene el rostro de la palidez de la luz de los hospitales, de las aulas, de las oficinas, en donde creemos que reside la salvación, y en el que también se oculta el sol vivo y múltiple de la vida que abandonamos por entrar ahí. Pero claro, esta es solo nuestra interpretación. Si quieren ver de primera mano esta obra, que a nosotros nos ha parecido, como poco, excelente, o quizá, desentrañar la interesantísima tesis filosófica, en la que no hemos profundizado, del lenguaje implicativo de raíz husserliana, todos los días, salvo los lunes, tienen una oportunidad a las 8 de la tarde en el Teatro María Guerrero de Madrid. No se la pierdan.

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