Los medios tradicionales resisten el pulso de las redes sociales

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Francisco Gámiz

La injustificada y condenable invasión de Rusia a Ucrania está poniendo en el punto de mira a las empresas informativas. Que nos encontramos desde hace años en un proceso de cambio en lo que a consumo de noticias se refiere es algo evidente, pero en momentos como este es donde dicha evolución se pone a prueba. La transformación tan rápida que ha experimentado nuestro planeta en las últimas décadas y la cantidad de información disponible de la que gozamos hoy día era algo inimaginable tiempo atrás. Y no solo debido a la producción y distribución en masa de productos comunicativos, sino por la competencia que suponen las redes de distribución de mensajes a las que estos productos han de hacer frente.

Cuando hacemos mención a las redes de distribución de mensajes, las redes sociales ejercen un papel fundamental. Estas, surgidas hace nada, cuentan con la capacidad de que cualquier persona, se encuentre donde se encuentre, publique cualquier tipo de idea con el resto de personas que estén también conectadas a la misma red. Como podemos llegar a asumir, esto supone un cambio enorme para la industria de los medios tradicionales convencionales, que se han visto con la necesidad de adaptarse a un sistema más interactivo, directo y, sobre todo, inmediato. Con solo pulsar un botón, lo que sucede a millones de kilómetros de distancia puede estar en nuestra casa de forma inmediata. Y lo que es más importante: de forma actualizada. Porque, si bien la noticia de un periódico tiene el defecto de quedarse anticuada de un momento a otro, la digitalización da lugar a una constante edición de texto, que deja de ser permanente. Y en el aprovechamiento del uso de la digitalización, las redes de distribución de mensajes son las auténticas maestras.

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Por ende, cuando hablamos de que las redes sociales tienen el poder de sustituir la tradicional producción y distribución de productos comunicativos tal y como conocemos ahora, estamos haciendo patente la consecuencia fundamental por la que unos medios que han formado parte de nuestra cultura durante siglos lleguen a dejar de existir. La aparición de Internet, detonante de que aquello que acostumbraba a mantenernos informados —televisión, radio, prensa…— desaparezca para siempre. Pero ¿es esto de verdad una posibilidad?

En realidad, es imposible saber con eficacia qué es lo que va a ocurrir, y aventurarse a desvelar cualquier suposición es ya una equivocación asegurada. Una de las diferencias de las redes sociales con respecto a los medios tradicionales es que ya no solo cualquier persona es el receptor del mensaje, sino que también puede ser el emisor. Y, mientras esto puede encaminarnos hacia una victoria por parte de las redes de distribución de mensajes, a la vez también nos conduce hacia el triunfo de los medios tradicionales. Que todos podamos ser emisores de la información significa una mayor cantidad de personas publicando información y, por tanto, una mayor información sobre lo que está sucediendo en el mundo. Pero ahí está la propia destrucción de las redes sociales como distribuidoras de información: las fake news hacen que los individuos se sientan más seguros confiando en los medios tradicionales, donde de verdad hay periodistas profesionales que tratan de contrastar la información y prometer, así, su respectiva veracidad.

Otra de las principales diferencias radica en la objetividad y subjetividad del mensaje. En una sociedad cada vez más polarizada, las redes de distribución de mensajes hacen que las personas con una misma ideología solo se lean entre ellas, decidiendo así el contenido que saben que desean consumir. Las redes sociales conocen todo sobre nosotros; evitar el ruido es más fácil que nunca, pero a consecuencia de perder el abanico de distintos puntos de vista que tan necesario es para nuestro enriquecimiento personal. Sin embargo, los medios tradicionales se caracterizan por intentar ser lo más objetivos posibles, aunque en muchas ocasiones no acaben consiguiéndolo. Pese a ello, siendo honestos, ¿no es acaso la gente quien elige el medio tradicional que consume acorde a la ideología de este?

Asimismo, no hemos de olvidar que tanto las redes sociales como los medios tradicionales se encuentran absolutamente controlados, coincidiendo en que son plataformas que dependen de ellas mismas para dar voz a quienes prefieran. Esto lo vemos a diario, por ejemplo, en la televisión, donde un programa tiene la potestad de vetar un determinado tema si no le interesa tratarlo. No es raro que los medios subvencionados por partidos políticos ejerzan una gran influencia a favor de los mismos. Incluso Putin ha prohibido a la prensa rusa el uso de la palabra “guerra” para referirse a la que él considera una “operación especial”. Esta censura, no obstante, también ocurre en las redes de distribución de mensajes. De hecho, el expresidente estadounidense Donald Trump fue expulsado de Twitter a raíz de sus publicaciones. Si en ocasiones este tipo de decisiones hacen un bien a la sociedad es un asunto que no trataremos hoy, pero sí que debemos ser conscientes de que tanto los medios tradicionales como las redes sociales están controladas por personas poderosas que deciden qué es aquello que se publica.

Aun así, considero que todo depende de nosotros. En nuestra mano está el uso que le damos a las herramientas que forman ya parte de nuestra vida y que han llegado para quedarse. Puede que los medios tradicionales no desaparezcan en un futuro cercano, pero es evidente que las redes sociales no lo harán tampoco. Y, mientras aprendemos a vivir con la sobreinformación que provocan ambos sistemas, hemos de ser consecuentes con la manera en que los usamos. Leamos mucho y leamos distintas fuentes. Pese a que resulte paradójico, el exceso de información solo puede combatirse con más información. De qué tipo de esta queremos nutrirnos depende únicamente de nosotros.

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