¿Perdona, estás bien?

Historias que provocan preguntas

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Eran las siete y media pasadas, y debía tomar el tren de las 19:41 dirección Atocha, para después hacer transbordo y encontrar un tren que me dejara en Recoletos. A las 20:30 era el estreno, por lo que no debía llegar al vestíbulo del Fernán Gómez más tarde de las ocho y veinticinco.

La naturaleza me ha proporcionado la condición de patilargo, por lo que caminaba dando grandes zancadas mientras dejaba a mis espaldas la facultad de jurídicas de la Carlos III. La estación de Las Margaritas está mucho más lejos de lo que parece, y el trayecto entre el aula y el andén se hace eterno, sobre todo cuando uno lleva prisa. No puedo evitar andar rápido, es parte de mi forma de ser. Estaba a medio camino, casi a la altura de la gasolinera. Al igual que las aves emprenden su migración hacia las zonas más cálidas nos dirigimos los universitarios al tren: en manada, sin pausa, pero sin prisa, deseando salir de Getafe tras cumplir con nuestras obligaciones. Hasta que llegó la parte más crítica de la travesía: el inmenso aparcamiento disuasorio en estado semiruinoso anexo al apeadero.

Al alcanzar este punto, podemos observar desde la lejanía si viene el tren o no. En caso afirmativo, la manada de aves se transforma casi automáticamente en una estampida de ñus que atraviesan el río apresuradamente para no ser presa de los fieros cocodrilos. En aquel momento, todavía permanecíamos siendo aves migratorias marchando a paso firme por el aparcamiento hacia la estación, ya que el tren no parecía querer asomarse. 

Cuando ya estaba a escasos metros de los tornos del Cercanías, la punta de mi zapatilla derecha se encaprichó con una de las muchas grietas y baches que afloran en el parking, haciendo que perdiera el equilibrio y provocándome una caída como las de los niños chicos en el patio del colegio. Solo con la diferencia de que mi peso, mi altura y la inercia que llevaba me hicieron volcar con una fuerza mucho mayor. Hinqué las rodillas en el asfalto desgastado y mis manos me sirvieron como parachoques improvisados, evitando así daños mayores. Justo en el momento que me di cuenta de que estaba tirado en el suelo, el tren con dirección Atocha hizo su entrada triunfal en la estación, provocando la estampida de todos los ñus universitarios que recorrían el apartamiento. A partir de entonces, el tiempo se me hizo eterno, porque, de todas las personas que corrían hacia el tren casi por encima de mí, ninguna paró la marcha para chequear si me había pasado algo. No serían más de 5 minutos, pero cuando te sientes tan desorientado y aturdido, cada segundo parece una hora.

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Es triste decirlo, pero os puedo asegurar que por lo menos 20 personas pasaron a escasos centímetros de mí y ni se inmutaron lo más mínimo al verme en el suelo. Todos consideraron más importante coger el Cercanías que ayudar a una persona tirada sobre el asfalto. En cuanto el tren emprendió su marcha, una pareja jovencísima se acercó y pronunció el conjuro mágico del sentido común: “¿qué te ha pasado? ¿Estás bien?”. Fueron seis palabras que me reconfortaron mucho, y me dejé ayudar sin parar de agradecerles su actitud. Me levantaron del suelo y comprobé que todo estaba en su sitio, por fortuna. Me dirigí torpemente hasta el andén, cogí el tren y llamé a mi padre para decirle que no iba a llegar a tiempo al estreno. 

El golpe fue doloroso, he estado más de una semana cojeando y con molestias, pero lo que más me disgustó fue la reacción de la gente al ver a una persona llorando en el suelo. Me parece que es un síntoma preocupante de la falta de solidaridad colectiva entre los ciudadanos, sustituida por el individualismo ortodoxo, el egoísmo y las prisas como la justificación de todo lo anterior. Esto se contrapone radicalmente a la ola de solidaridad hacia el pueblo ucraniano que estamos viviendo, lo que resulta algo paradójico. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan vulnerable, tan deshumanizado, y no dejo de pensar qué hubiera pasado si, en vez de caer “bien”, me hubiera abierto la cabeza, perdiendo el conocimiento. ¿Dónde queda esa red de seguridad común que los revolucionarios franceses definieron como fraternidad? ¿Dónde queda el mensaje de Jesús de ayudar al prójimo, de socorrer al débil? ¿Es que ya ni siquiera compartimos un mínimo sentido común para atender a una persona herida en la calle? 

Son preguntas que me entristecen, y cuyas respuestas me producen cierto desasosiego. Es duro vivir la metáfora perfecta del sálvese quien pueda. Así que, por favor, si veis a una persona en el suelo, no pasa nada por perder el tren. 

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