El poder del perro y la lección de Jane Campion

Autor: Francisco Gámiz

Llegaba a la 94.ª edición de los Premios Óscar como la gran favorita. Tras una espectacular campaña por todo el mundo y haciéndose con los grandes triunfos de otras entregas de premios, las casas de apuestas daban todo a que El poder del perro acabaría coronada como la mejor película del año para la Academia de Hollywood. Pero, si algo ya conocemos los amantes de este “mamarracheo” de los awards, es que no se puede dar nada por sentado. Y lo que sucedió en la gala de los Óscar del pasado domingo fue, cuanto menos, imprevisible. No por el nombre que albergaba el sobre de la ganadora a Best Picture, precisamente.

De las diez nominadas a la categoría más importante de la ceremonia, El poder del perro fue con la que más galardones contaba durante los meses previos a la gala. Tras ganar el León de Plata a Mejor Dirección en el Festival de Venecia, el Premio a Mejor Película de Drama en los Globos de Oro y poner la guinda del pastel a una campaña perfecta con la victoria a Mejor Película en los Bafta, la apuesta de Netflix era pura adoración crítica. Y con razón. El regreso de Jane Campion a la silla de directora ha sido una de las mayores victorias para el mundo del cine en el último año. No es para menos: su capacidad innata para hacerse con el dominio de la narración merece todo lo que está consiguiendo y más.

Basada en la novela de Thomas Savage publicada en 1967, la historia que nos presenta Campion en su último trabajo nos transporta a un rancho de Montena de la década de 1920. Una película del Oeste con todas las letras. Bajo una actuación impecable de Benedict Cumberbatch, el personaje de Phil Burbank es un hombre fanfarrón que ha pasado toda su vida criando ganado y cumpliendo a la perfección su papel de vaquero. Tanto él como su afable y afectuoso hermano, George Burbank —interpretado por Jesse Plemons—, han vivido de forma despreocupada en este rancho mientras se ocupaban de los asuntos fundamentales para sacarlo adelante. Sin embargo, un enamoramiento sorpresa lo descoloca todo.

Interpretados por Kirsten Dunst y Kodi Smit-McPhee respectivamente, la amable señora Rose Gordon y su hijo Peter llegan a la vida de Phil y George para ponerla patas arriba. Las personalidades de Rose y George encajan a la perfección, como si se tratasen de dos almas que han estado esperando siglos para estar juntos hasta que por fin se han encontrado. Es entonces cuando Phil siente que están invadiendo lo que había sido una vida tranquila hasta el momento. Y, en ese arrebato de ira que provoca el rechazo ante la nueva relación en la que se ha visto su hermano, Peter ejerce un papel fundamental.

Por respeto a quienes todavía no han visto esta maravilla, me reservaré el resto de la trama. Una trama que, por cierto, es brillante desde la primera a la última escena. Resulta increíble cómo Campion da un giro de 360 grados al género del wéstern, dominado por tiroteos, hombres rudos y comportamientos machistas, para mostrar la otra cara de la moneda. No es de extrañar que la película haya escocido tanto entre hombres que se ven reflejados en este tipo de patrones. “¿Dónde está el ‘wéstern’ en este ‘wéstern’?, ¿qué diablos sabe esta mujer sobre el oeste americano?, ¿por qué la rodó en Nueva Zelanda y lo llamó Montana?”, son algunas de las preguntas que Sam Elliott, imagen clásica del cowboy estadounidense, formuló en un podcast tras calificarla como “una pedazo de mierda”. Cuando la película enfada a quienes precisamente va dirigida parte de la crítica de la misma, podemos decir que la directora ha hecho las cosas bastante bien. Y la frágil masculinidad de Elliott no ha hecho más que demostrarlo.

Pero lo cierto es que, pese a las críticas de los que se creen eruditos en el género, Campion se arremangó las mangas y se sumergió en el wéstern dispuesta a dejar su marca en este. Lo hace de una manera admirable. Poniendo en evidencia la masculinidad frágil de varios hombres por el camino, retrata en Phil el comportamiento tóxico y heteropatriarcal que caracteriza a la mayoría de cintas del Oeste y, con mucha genialidad, juega con la mente de los espectadores hasta llevar la conducta del protagonista al límite. La actuación del resto de personajes es fundamental para ello. Absolutamente cada escena y cada diálogo son de vital importancia en el trayecto hacia el ansiado final, donde el drama se convierte en suspense y los minutos empiezan a correr. Nada en el filme es por casualidad, y el profundo significado que hay detrás de cada mirada lo acentúa. No hay tiempo para trivialidades.

No obstante, reconozco que esta no es una película que encaje con toda clase de público. O la amas o la odias, sencillo. Eso sí: si la amas, eres de los míos. De quienes buscan retorcerse en el asiento hasta la última escena sin importar cuán lento sea el camino que nos lleve hasta ella. Pero es que, además, Campion nos lo pone muy fácil. El poder del perro es una película excepcionalmente bella. Una joya visual. La directora de El piano en 1993 logra que cada imagen sea un regalo, refugiándose así en la fotografía para mostrar lo bueno y lo malo de la humanidad, y el resultado es asombrante.  

Pese a todos estos motivos, que eran más que suficientes para pensar que la película brillaría en los Óscar, no lo hizo. CODA, la que ganó el tan ansiado Best Picture, tampoco. Lo que prometía ser una celebración al arte del cine, acabó siendo una ventana a la violencia machista. Por parte de Chris Rock, humorista al que le pareció gracioso hacer una broma sobre la apariencia física de una mujer, y por parte de Will Smith, marido de dicha mujer que creyó conveniente levantarse de su asiento para propinarle una bofetada al cómico con la lamentable excusa de que “el amor te lleva a hacer locuras”. Y, ante semejante espectáculo de agresiones y blasfemias, al patio de butacas no se le ocurrió hacer otra cosa mejor que ovacionarlo. ¡Ovacionarlo! Una reacción que, durante unos segundos, nos llevó a aquel antiguo Oeste que Campion satiriza en El poder del perro. Ese Oeste impregnado de la masculinidad más tóxica y deleznable que se pueda encontrar.

La noche más importante del cine pasará a la historia por el episodio tan vergonzoso que nos dejó. Es triste que el merecido reconocimiento de artistas talentosos se viera empañado por una escena que nos hizo bajar varios peldaños en la difícil escalada que supone conseguir la plena igualdad de género. Una escena que vino minutos antes de esta otra: a Jane Campion se le escapaba la tan codiciada estatuilla a Mejor Película por un trabajo que reivindicaba la importancia de deshacerse de esta peligrosa masculinidad. Voilà, un cierre tan poético y simbólico como representativo para una ceremonia manchada por la violencia. 

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