Que viene el lobo

Redactor: Miguel Freire Pérez

El pasado domingo 10 de abril tuvo lugar la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia. Los resultados producen sentimientos encontrados: Por un lado, sin demasiadas sorpresas con respecto a lo esperado en las encuestas; por otro, unos resultados preocupantes.

Resulta que, en los tres primeros puestos, encontramos lo siguiente: En primer lugar, el actual presidente Emmanuel Macron, bajo las siglas de “La République En Marche!”, con el 27,8% de los votos; en segundo lugar, Marine Le Pen, de “Rassemblement National”, el partido homólogo de Vox en Francia que con el 23,1% sigue a Macron muy de cerca y deja muy abierta la segunda vuelta; en tercer lugar, Jean-Luc Mélenchon, bajo las siglas de “La France Insoumise”, partido homólogo (aunque con algunas diferencias) a Podemos en Francia, que con el 22% se ha quedado muy cerca de pasar a la segunda vuelta. Muy por detrás quedan los que en algún momento fueron los partidos del statu quo como el “Parti Socialiste”, homólogo al PSOE en Francia y que, pese a haber utilizado a su mayor baza en estas elecciones como es Anne Hidalgo (alcaldesa de París), ha conseguido los peores resultados de su historia con el 1,8% de los votos.

Con estos resultados se confirma el estado de gracia que experimenta la extrema derecha en Europa, que continúa su incesante evolución, así como la continuidad en el auge de los populismos. Estos resultados son muy llamativos, pero no son ninguna sorpresa; los movimientos extremos y populistas vieron la luz principalmente con el cambio de paradigma internacional consecuencia de la Gran Recesión del 2008, que rompió los sistemas de partidos que hasta ese momento se conocían en occidente. Estos partidos desde entonces no han dejado de crecer, alentados por figuras como la de Donald Trump, Putin, Salvini o la propia Marine Le Pen, pero también por sucesos como la Pandemia y todos los problemas que de ella han derivado.

Los partidos tradicionales, desde entonces, no han hecho más que intentar defenderse de las fuertes sacudidas electorales de estos partidos. Ejemplo de ello pueden ser las elecciones de 2015 y 2016, donde el en aquel entonces recién nacido Podemos estuvo cerca de dar el sorpasso al PSOE, pero también las dos elecciones generales del año 2019, donde el Partido Popular tuvo que luchar, primero contra Ciudadanos y después contra Vox, para mantenerse como líder de la oposición.

Por lo tanto, esta primera vuelta en Francia dispara las alertas en todo el continente, pues Marine Le Pen está más cerca que nunca de convertirse en presidenta de la V República y, con ello, la llegada a un gobierno nacional de la extrema derecha en una de las principales potencias europeas.

La cara buena de esta situación es la reacción que la mayoría de los partidos demócratas tuvieron incluso sin haberse alcanzado el 100% del escrutinio. Una vez se sabía casi con seguridad que Le Pen pasaría a la segunda vuelta y, además, con amplias posibilidades de ganar, un gran número de partidos pidieron el voto para Macron en la segunda vuelta. Entre ellos podemos ver a la candidata por el PS ya nombrada, Anne Hidalgo, pero también a Valérie Pécresse, Yannick Yadot, Fabien Roussel o incluso el ya citado Jean-Luc Mélenchon, que en las últimas presidenciales no lo hizo. Con esto se confirma el cordón sanitario a la extrema derecha en Francia por parte de los partidos demócratas. Un cordón democrático que tiene el objetivo de evitar involuciones democráticas o retrocesos en derechos y libertades, tratando de no seguir el ejemplo de países como Hungría.

Sin embargo, habrá que observar hasta qué punto es efectiva esta estrategia de “¡Todos contra la extrema derecha!”, pues en este caso no está tan claro que los votantes cuyo candidato no ha pasado a la segunda vuelta, sigan lo que dicen sus líderes y voten a Macron. En este caso van a ser muy importantes tanto el voto del enfado como la abstención, que pueden penalizar de forma importante a Macron.

Paradójicamente, justo al día siguiente del cordón sanitario a la extrema derecha en Francia, tiene lugar por primera vez desde el restablecimiento de la democracia en nuestro país la investidura de un presidente en cuyo gobierno está la extrema derecha. Es el caso de Castilla y León, donde Alfonso Fernández Mañueco, debido al estrepitoso fracaso del adelanto electoral, se ha visto obligado a pactar con Vox para poder seguir al frente del gobierno castellanoleonés.

Con este pacto, los de Abascal consiguieron en esta comunidad autónoma la presidencia de las cortes (Carlos Pollán), la vicepresidencia del gobierno (Juan García-Gallardo) y tres consejerías más (Gerardo Dueñas, Mariano Veganzones y Gonzalo Santonja). Esto es curioso si tenemos en cuenta que, como el propio García-Gallardo dijo en las cortes, el objetivo de este partido, una vez tengan la mayoría parlamentaria suficiente en el Congreso de los Diputados, es avanzar hacia un proyecto centralizador del Estado y suprimir las comunidades autónomas.

Esto no hace más que favorecer el auge de este movimiento, que con la llegada a las instituciones ya tiene poder para comenzar a erosionar la democracia y nuestro sistema político desde dentro. El Partido Popular le da un gran impulso a este partido incluyéndolo en su gobierno, que ya de por sí estaba lanzado en las encuestas (algunas de las cuales anunciaban ya el sorpasso a los de Feijóo) a falta de año y medio para las elecciones generales.

Todo esto ha tenido lugar en un contexto en el que el Partido Popular ha estado abierto en canal con la guerra interna entre Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso, la cual se ha acabado saldando con la coronación de Alberto Núñez Feijóo como líder de los populares. Este último ha sido presentado como la moderación, el cambio de rumbo en un PP que estaba siendo fagocitado por la extrema derecha. Sin embargo, su llegada también ha significado el primer gobierno autonómico con la extrema derecha dejando atrás una importante propuesta de Pedro Sánchez, en la que el presidente del gobierno, se comprometía a que su partido iba a apoyar la investidura de Mañueco si los populares se comprometían a romper con Vox en todo el país. Por lo tanto… ¿Hasta qué punto es moderado Feijóo? ¿Qué haría si necesitara pactar con la ultraderecha para gobernar el país? ¿Tomará realmente otra línea distinta el PP?

Más allá de estas incógnitas, lo que sí está claro es que la posibilidad de tener un gobierno estatal en el que Vox esté presente, es cada vez más real. En las elecciones generales de 2019 el miedo a la ultraderecha sirvió para activar el voto de izquierda y para frenar en cierta medida el ascenso de la derecha y de Vox, pero en el momento en el que nos encontramos, queda patente que este argumento cada vez tiene menos fuerza y que, si se quiere evitar que Abascal sea nuestro próximo vicepresidente, se va a necesitar un cambio urgente de estrategia. El descontento del pueblo consecuencia de los efectos de la pandemia y de la invasión a Ucrania lo requiere. De no ser así, tras mucho tiempo anunciando que viene el lobo, finalmente vendrá sin dejarnos la más mínima capacidad de reacción.

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